Despues de una larga ausencia, vamos a subirnos de nuevo al tren del primer capitulo de esta historia y a continuar el viaje, esta vez con la visión del viaje a traves del corazón de Gaby...
El tren siguió su marcha con un silbido largo que se perdió
entre las montañas, y el humo de la locomotora se dibujó en el cielo como un
lazo blanco que unía el pasado con el porvenir. El maquinista, ese Cupido
disfrazado de hombre de carbón y sonrisa eterna llamado vida se alejó silbando
una melodía que parecía hecha de amor y destino.
Dentro del vagón, todo quedó en silencio, un silencio suave,
vivo, de esos que no pesan, de esos que hablan sin decir palabra. tú me
mirabas, y en tus ojos pude ver reflejado el fuego del atardecer. Por un instante
pensé que el mundo se había detenido solo para mirarnos.
—¿A dónde crees que nos lleva este tren? — te pregunté, con
una sonrisa que intentaba ocultar la emoción que me temblaba en la voz. Te
encogiste de hombros, con esa serenidad que tanto me enamora.
No lo sé… —me dijiste— pero mientras sea contigo, no importa
el destino.
Tus palabras se quedaron suspendidas entre nosotros, y sentí
que algo dentro de mí se abría, como si mi corazón hubiera estado esperando
escuchar justo eso desde siempre.
Fuera, los árboles pasaban veloces, y el sol se escondía
lentamente detrás de las colinas. La luz dorada se colaba por la ventana, pintando su rostro con tonos
de fuego. Yo te observaba en silencio, tratando de memorizar cada gesto, cada
detalle de tu expresión. Tenía la sensación de estar viviendo un momento que quedaría
grabado para siempre en el alma del tiempo.
El tren se movía al ritmo de nuestros latidos. Las sombras
del anochecer empezaron a cubrir el paisaje, y dentro del vagón las lámparas
antiguas encendieron su luz cálida, envolviéndonos en un resplandor íntimo. Me
tomaste de la mano. Fue un gesto sencillo, pero en ese instante supe que aquel
tren no era de vapor, sino de sentimientos; que su locomotora no funcionaba con
carbón, sino con amor.
¿Sabes? —me dijiste mientras entrelazabas tus dedos con los
míos— A veces pienso que la vida nos hizo esperar tanto para que aprendiéramos
a reconocer lo verdadero cuando por fin llegara.
Yo apoyé mi cabeza en su hombro, y dejé que el sonido del
tren nos acunara.—Tal vez por eso duele tanto la espera — susurré—, porque solo
lo que vale la pena tarda en llegar.
Él sonrió, y sin decir nada, me besó la frente. Afuera comenzó
a caer una lluvia suave, tan delicada que parecía una bendición. Las gotas golpeaban
el cristal de la ventana, dibujando caminos líquidos que se deslizaban lentamente
hacia abajo, como si el cielo quisiera escribirnos su propia carta.
—Prométeme que no bajaremos de este tren —le dije, con los
ojos cerrados.
—No pienso hacerlo —respondió sin dudar —. Este tren no tiene
estaciones, solo amaneceres.
Y entonces lo supe: no era un viaje más, era nuestro viaje. Un
viaje que no se mide en kilómetros, sino en miradas, en caricias, en silencios
compartidos. Un viaje donde cada curva del camino guarda una promesa y cada
túnel oscuro termina siempre con su luz esperándome al otro lado.
Nos quedamos así, abrazados, mientras el tren seguía su curso
hacia algún lugar que no necesitábamos conocer.
El humo se mezclaba con la niebla, el sonido del vapor era
un suspiro constante, y en medio de esa música infinita, sentí que el mundo era
pequeño y nosotros enormes.
Quizás Cupido, desde su cabina, nos miraba a través del
espejo retrovisor con una sonrisa satisfecha, sabiendo que su misión estaba
cumplida.
Pero lo que él no sabía –o tal vez si- era que nuestro viaje
apenas estaba empezando. Porque hay trenes que no tienen destino, sino propósitos.
Y el nuestro, amor mío, es seguir viajando hasta que el
tiempo deje de existir.
Con amor, Gaby
